Curiosamente, aunque sucede en un clima frío y amargo, la muerte blanca es dulce y cálida. Así le dicen a la muerte de alta montaña: un pequeño sopor producto del cansancio, un pestañear de ojos después de la asfixiante caminata, un reposo sobre una piedra demasiado cómoda, generalmente más arriba de los seis mil metros de altura, bastan para envolverlo a uno en la manta blanca de la nieve, entre la ausencia de oxígeno dentro de las venas, y dejarse llevar hacia el otro mundo. Uno no puede solo contra la muerte blanca. Necesita de alguien que esté más entero, que lo despierte, que lo arrastre con una soga (real o imaginaria) por la senda del descenso. Esa es otra de las características de la muerte blanca: en su gran mayoría sucede en bajada, cuando el cuerpo ya se relajó de tanto trepar y el andinista se cree con el hecho consumado.(Trecho de La muerte blanca - http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-120180.html)
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